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La fortaleza de un adiós

  • Dec 10, 2021
  • 3 min read

Updated: Dec 22, 2023

13/04/2018

Levanto la vista y te observo, recorriendo tu cuerpo y analizándolo una última vez.  


Tu hombros se mueven ligeramente. Carraspeas al acercar tu mano a mi rostro y limpias las lágrimas que ya manchan mis mejillas.

Esos mares, que por un momento llamé míos, me observan. Ambos ofrecemos media sonrisa y una pequeña risa nerviosa. Tu mandíbula se contrae y entiendo que esos cielos comienzan a nublarse. Suplico mi mente los guarde como su tesoro más preciado.


Habíamos intentado prepararnos para este día. Claramente no contemplamos (o quizá siempre lo supimos) que este momento se sentiría como nuestra muerte.

Ambos nos apuñalamos al sonreír. Siento cómo arrancas mi corazón, apoyas tu frente en la mía y sueltas un suspiro.


En el silencio, lo exponemos todo.

El altavoz nos recuerda la hora de partida y nos separamos. No me aguanto más y, entre sollozos, te beso desesperadamente. Tus brazos me detienen, y así me sujeto a ti con cada fibra de mi ser. Con el pequeño apretón que me das, entiendo que el momento ha llegado.


Me dejas ir.


Levanto la mirada mientras tus manos tratan de limpiar mi rostro con caricias. Buscas darle luz a mi mirada nublada, sonriendo y soltando un «te amo».


Por presión del altavoz, doy un paso atrás, sabiendo que no resentirás mi falta de palabras. Sabes que nada saldrá de mi boca.

Apresuro el paso; lágrimas amenazantes se acumulan en mis ojos, listas para atacar. No quiero que veas los ríos que amenazan con desbordarse. Ya me has visto llorar, y no quiero que este sea tu último recuerdo de mi.

Llego a la interminable fila para abordar el tren. Clavo la mirada en el suelo, para pelear a capa y espada contra el torrente de emociones que se avecina. Me debato entre voltear y no hacerlo cuando toman mi mano y tiran de mi. Reconozco tus labios, y me quiebro. En silencio te agradezco por sujetarme. Tu pulgar acaricia mi mejilla, grabando ese beso en mi piel.


Jamás volví a besar a alguien con tanta emoción como a ti esa tarde en el andén.

Todavía te recuerdo buscando mi mirada, susurrando: «Decir adiós nos hace más fuertes, no lo olvides. Ahora, vete». Desesperada, busqué tus manos mientras las dejabas caer sonriendo. Vi esos cielos eléctricos nublados y comprendí que también te estabas derrumbando.


Te ofrecí mi mejor sonrisa, dejando un apretón en tu brazo. «Te amo. Hoy y siempre». Con un suspiro, se partieron las nubes, y al besar mis nudillos, retrocediste. «Hay fortaleza en el adiós, no lo olvides». Me di la vuelta, quedándonos solo nosotros en aquel andén, y me preparé para subir al tren. «Anda, vete ya. No mires atrás y jamás olvides que eres el amor de mi vida» con eso me diste un pequeño empujón y las puertas se cerraron detrás de mi.


Años después, al cerrar los ojos, todavía te veo con una mano en el bolsillo y la otra al aire, diciendo adiós para no volvernos a ver otro día.


Pasaron años hasta que comprendí aquella frase que tanto repetiste. Mi corazón se negaba en ver razón, y por un tiempo, tomé todo el amor que te tenía y lo convertí en odio. A ese empujón, a que me dejaras ir tan fácil. Mi corazón se sentía traicionado por aquello que tanto amó.


Años más tarde, un día que te vi pasar frente a mi tienda, con un niño en los brazos, comprendí no estábamos destinados a pasar el resto de nuestras vidas juntos. Tu voz resonó en mi memoria <<Jamás olvides que eres el amor de mi vida>>. Quizá fuimos el amor de la vida del otro, eso no significaba que tuviéramos que pasarla juntos.


Traté de buscar esos mares eléctricos, alcancé a ver un ligero resplandor de aquello que algún día llamé mío. Todo pasó tan deprisa que parece lo hubiera imaginado.


Ese día, al verte tan feliz, entendí que sí, decir adiós nos hizo más fuertes.


All rights reserved. Annie “Duvs” Duron, 2022

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