No me dejen solo
- Jan 13, 2022
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(Mayo 2016)
Cuando entré a trabajar a este lugar me contaron de ti, el fantasma de los funerales. Traté de no hacer caso a los rumores ni a las historias que ya se contaban sobre ti. Me mantuve distante a la situación, de no hacer algo que fuera a llamar tu atención y asustarte cual ciervo en el bosque. La primera vez que te vi, mis compañeros corrieron a esconderse detrás de una barda para observar mejor sin ser vistos, otros hasta sacaron sus celulares y te grabaron. Te decían fantasma porque solo aparecías con los funerales, nadie te había visto visitando alguna lápida o en la administración haciendo algún trámite. Los funerales eran tu lugar, como si solo pudiéramos verte cuando bajaban la caja.
Si tan sólo pudieras ver todas las personas que acudieron a verte hoy. Estarías tranquilo, y ese miedo tuyo probablemente se habría quedado en el pasado. He tratado de defender tu locura, traté de explicar hasta el cansancio esa extraña obsesión tuya de acudir al cementerio. Todos en algún momento pensamos que estabas loco por el duelo. O que simplemente estabas loco, y tratabas de buscar una cara que le diera sentido a tu vida. Una de mis compañeras, adicta al amor, llegó a la conclusión de que estabas perdidamente enamorado. Habías perdido al amor de tu vida hacía ya muchos años y ahora buscabas una cara parecida. Tratando de llenar un vacío eterno.
Otros menos románticos aseguraban que no eras más que un fantasma del cementerio que sólo aparecía en los funerales. Nadie sabía en qué trabajabas, ni cómo te enterabas de los entierros, ni mucho menos de cómo tenías tiempo de asistir a todos y sin descaro alguno, saludar y dar el pésame a los pocos familiares de quien fuera el difunto.
Llegamos a pensar que eras un asesino, que estas eran tus víctimas y venías a regodearte con la tristeza de sus amigos. Orgulloso de que no lograran atraparte y por ende culpaban a la naturaleza de los cuerpos y las raras enfermedades que estos tuvieron. Llevabas a cabo el crimen perfecto ante nuestros ojos. Eras el asesino ideal para seguir dándonos trabajo. Quizá eso era demasiado morbo por nuestra parte, pero nos sentíamos cómplices tuyos al beneficiarnos por las muertes que, según nosotros, causabas. Éramos unos pequeños asesinos, ayudantes del crimen perfecto.
Te volviste una pequeña celebridad en aquel pueblo abandonado. Cada vez que alguien moría y publicaban la nota en el periódico local, se lograba encontrar una foto tuya en el artículo con una nota a pie que leía «se vuelve a ver al loco de los funerales, la familia asegura no saben ni quién es.» Ya eras toda una estrella. A nadie le importaban más tus intenciones, ni razones. Lo único que querían era volver a ver al “loco de los funerales” en el triste evento familiar.
Mucha gente de otros pueblos llegó a pedir que su familiar se enterrara con nosotros sólo para poder verte y comprobar si el mito era realidad. Eras el monstruo del lago Ness de nuestro cementerio. Nadie sabía nada de ti si no te veían en este terreno tan feo.
Un buen día decidí acercarme a ti, ¿lo recuerdas? Me temblaban las piernas y hasta nervioso me sentía. Fue un día que te encontré casi al fondo del terreno. Me acerqué a ti para por fin entender qué te atraía tanto de estas tristes ceremonias. Debo aceptar que me consumía la curiosidad por saber el porqué de tus acciones. Yo no conspiraba con los demás, pero también tenía una que otra teoría loca que trataba de explicar qué hacías en tantos funerales. Camine hacia ti y puse mis herramientas a un lado de la lápida destruida que observabas.
–Perdone, ¿no le molesta que arregle la lápida mientras usted está aquí?
–No, adelante. – el tono de tu voz era mucho más cálido de lo que todos conspirábamos. Fuiste amable y me dejaste trabajar. Nunca había sentido tanta adrenalina. Tenía que saber tus motivos.
–Disculpará mi atrevimiento pero… No, mejor olvídelo. Perdone la interrupción.
–No, dígame ¿qué se le ofrece?
–Pues… – me rasqué la nuca nervioso y miré al piso – si no es mucha estupidez de mi parte, quisiera preguntarle ¿qué lo trae a todos los funerales?
Estaba seguro que te reirías de mí o que terminaría muerto como tanto conspiraban mis compañeros pero, al voltear a verte vi una sonrisa triste en tu rostro. Me relajé. Los nervios desaparecieron y sin razón alguna sentí que podía hablar contigo sin ningún problema.
«Es simple y un poco complicado. Verá, una vez de pequeño me llevaron a un funeral, a regañadientes de mi madre, pues ella insistía que un cementerio no era lugar para un niño. Quizá tenía razón pero, jamás olvidaré lo que vi ese día. Mientras presenciaba el funeral de mi abuela, no tenía idea de lo que estaba pasando, solamente sabía que todas las personas que estaban allí eran personas que querían a mi abuela o que habían convivido con ella en algún momento en sus vidas. Fácil conté unas cincuenta personas, mi padre estaba contento de ver todas esas caras. Después de que me explicaron eso decidí investigar. No podía quitarme la curiosidad por saber qué se encontraba uno en un cementerio. Al final, yo era un niño de diez años. Al dar varias vueltas me encontré con otro entierro muy distinto al que yo acababa de asistir. Vi a un cura parado frente a un ataúd dando una bendición, pero en ese lugar no había ni un alma. Me quedé quieto al darme cuenta que nadie había asistido, ¿qué había pasado con la gente que conocía aquella persona? ¿Nadie se acordaba de él? ¿Nadie lo quería? Cuando mis padres me encontraron trataron de explicarme que era un viejo que ya no tenía familia, que había vivido más que sus amigos y familiares. Era un señor que se había ido solo, que contaba con los planes de funeral que había preparado desde antes con la funeraria.»
–¿Entonces no eres un asesino? ¿Una persona locamente enamorada que busca a su pareja en la cara de los cuerpos? ¿O un loco que se siente bien al ir a los funerales?
Me había prometido que no te haría semejantes preguntas. No pude evitarlo. Recuerdo perfecto la risa que soltaste al escuchar las barbaridades que había preguntado. Volteaste a verme y continuaste con tu historia.
«No, no lo soy. Se puede decir que soy un cobarde. Un hombre que no puede vivir con la idea de morir solo. Después de ese día viví aterrado de que nadie asistiera a mi funeral. No planeo morir joven, no me vaya a malinterpretar, era únicamente pavor a la soledad. O más bien un terrible miedo al olvido. Pensé que con la edad se quitaría dicha fobia. Esta sólo aumentó. Cuando venía a visitar a mi abuela fui encontrando con mayor frecuencia funerales solitarios. Después de eso comencé a ir a ellos. Me bastaba con saber que aunque no había conocido a la persona, había sido su compañía en tan solitario viaje. Un funeral se convirtió en dos y así fui apareciendo en otros. Y aunque tengo familia y amigos que me quieren, sigo viviendo con el miedo de morir y que nadie se acuerde de mí en ese momento.»
Cuando levanté la mirada de la lápida para voltear a verte te habías marchado. Al escuchar tu historia comprendí todos esos funerales y por qué generalmente coincidían en siempre estar vacíos. Defendí tu motivo pero, eso sólo hizo que creyeran que yo también estaba loco. Nunca olvidaré esa pequeña mirada de agradecimiento que me dabas cuando te veía asistir a otro funeral.
Ahora puedes descansar tranquilo, he contado más de setenta personas. Quizá no conociste a todos en vida, y quizá muchos asistieron por saber de lo que se creía era tu obsesión. Pero vinieron a verte. Vinieron unos momentos antes de que te fueras, sin saber que esto te aterraba. Al final, no te fuiste sólo.
All rights reserved. Annie “Duvs” Duron, 2022



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