Al final somos lo mismo
- May 3, 2016
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Updated: Jan 13, 2022
Te lo dije. Las cosas terminarían mal. No hiciste caso, te ganaron las ganas de hacer más dinero. Nada más mírate ahora. ¿Esto te parece un gran inversionista? ¿A caso te confiarías tu dinero? Bah. ¿Qué dinero? No. No es posible. Tengo que solucionar esto. Debo encontrar la manera de… ¿De qué? ¿De endeudarte más? Servirás más si te fueras a vivir a una isla y desaparecieras del mapa. Lejos de las inversiones, de los negocios, de los acuerdos a palabra. Estúpido. Pleno siglo XXI y haces tus pendejadas de hacer negocios con todo el compromiso legal que puede llevar una palabra. Idiota.
¿Dónde me equivoqué? Imbécil, ¿ya se te olvidó qué estamos haciendo aquí? Te dejaste llevar por la necesidad de poder, creíste en un negocio que desde el principio no te daba buena espina, pero tu sed fue más grande. Lo recuerdo con claridad. Al final, somos lo mismo. Llegó una tarde a tu oficina, su hermano pequeño venía detrás de él, te venían a proponer el negocio del siglo.
–¡Joaquín España! Justo el hombre que buscábamos –te dijo Adrián, ese que fue tu gran amigo por tantos años. –Te traigo algo que te hará el hombre más feliz, ¡Qué va! ¡El más rico!
–Anda, dime ya, que lo estás promoviendo demasiado.
–¿Te acuerdas de mi hermano Alberto?
–¿Albertino? ¿Al que jodíamos hasta el cansancio? –dijiste con cierta burla, tratando de mantenerte siempre como el superior de la sala. ¡Cuando no!
–El mismo –te contestó el hombre que tanto jodiste en algún momento de tu vida. A quien tanto despreciaste, ahora te traía la oferta que cambiaría tu vida por completo. Y vaya que la cambió. –Te traigo una propuesta con la que tragarás tu ego y estarás a mis pies.
Con ese aire de superioridad, del que ya te recordé, lo observaste dudoso e incrédulo. Cómo confiarías en alguien que conoces desde hacía más… olvídalo, los años ya no importan. Claro que importan, diciendo pendejadas como ésa es que estamos como estamos. Te lo dije y no me cansaré de repetirlo: te lo dije.
–Bueno, ¿qué esperas? ¿el llamado de la Virgen? ¡Dime ya, coño!
–Nos cayó un proyecto con uno de los Mil Islas. Necesitamos de tu maquinaria para poder producirlo.
–¿Tú? –ahí sí dudaste de todo tu conocimiento. Qué iba a hacer un tipo como Alberto con alguien como un Mil Islas. Comparado con los Mil Islas, Alberto no era más que un pedazo de alguna alcantarilla. ¡Já! Pero qué pedazo de alcantarilla tan sagaz.
Suena el puto teléfono… ¿qué voy hacer? Tanta maquinaria y ninguna producción. Inversionistas. Malditos inversionistas. Por favor, no te engañes–. ¡¿Dónde está mi dinero, españolete?!
–N-n-no lo tengo aún –te dije que eres idiota, no puedes ni tomar una llamada sin tartamudear.
–¡¿Cómo chingados que no lo tienes?! Mira españolete, no sé cómo hagan las cosas allá en tu paisucho, pero aquí se nos respeta. O pagas o pagas. Tienes una semana.
Una semana… Una semana te tomó hacer el trato con Alberto. Una semana para arruinar tu vida y ni cómo demandarlo. Tú y tus acuerdos de palabra. Ya nadie dice <<te doy mi palabra>> y lo cumple, no sé como fuiste tan idiota como para caer en eso. Después de conocerlo hacía ya tantos años. Tal vez yo lo hice así. Entre las drogas y tú, lo cagaron por completo. Entre tú y el incompetente del hermano; demasiado preocupado en su propia carrera como para cuidar a su pequeño pariente.
–Tengo que hablarle a Adrián. Debo advertirle de los inversionistas –pareces loco, sólo escucha lo que acabas de decir. ¿Con quién hablas?
Marcaste el teléfono de Adrián: buzón. Volviste a marcar, sonó tres veces.
–¿Quién habla? –te contestaron como si nunca te hubieran conocido y hubieras sido una persona que sabe que tiene el número equivocado y sigue intentando marcar para ver si obtiene un resultado distinto.
–Adrián, soy Joaquín, Joaquín España.
–¿Qué quieres? –te contestó aquél que alguna vez fue tu amigo. Vaya amigo… ¿Qué clase de amigo hace lo que este güey te hizo a ti?
–¿Cómo que <<qué quiero>>? ¡Mi dinero! eso es lo que quiero. Tu hermano y sus estupideces me tienen en un lío horrible.
–Mi hermano no te debe nada. Yo no te debo nada, sólo perdiste tu dinero.
–¡Tu hermano me debe más de dos millones! Teníamos un trato, era negocio… ¡Joder, que si no me pagan los demandaré y hasta vuestros cojones serán míos! –Es divertido, cuando te enojas tus raíces salen por más que jures que se han quedado en el pasado. Nuestras raíces, idiota.
–Anda, demanda a quien tú quieras, sólo te recuerdo que nunca se firmó un contrato. Ante la ley que busques, eres un simple novato que compró material sin tener orden de compra o un contrato pidiendo que lo hicieras. Gastaste tu dinero en vano.
Vaya, lo que dijo Adrián te caló hasta los huesos. Justo como el aire frío corta tus mejillas en estos momentos. ¿Puedes sentirlo? Cómo poco a poco te hace pequeñas cortadas por el hielo. Vamos, ¿qué esperas? Seguro pasará rápido. No. No puedo hacerlo. Claro que puedes, sólo un paso más. No. Esto es demasiado fácil. Es tan sólo un paso. Unos cuantos centímetros te separan de una eternidad sin esto que te está matando. ¿Pero qué eternidad es esa? Quiero vivir, quiero ver al hijo de puta ese rogando porque lo maten. Quiero verlo suplicar por la salida fácil. Pagarán él y el imbécil del hermano. Anda, ¿qué esperas para ponerte en marcha? Al final somos lo mismo. Pero sólo uno controla el cuerpo. Déjate de idioteces y anda ya, coño.
Tomé control. Me aseguré que aquella pelea interna terminara para poder levantarme y lograr verlos sufrir. Suplicar piedad y estar al borde de renunciar, así como yo mismo estuve. Lo tenía todo planeado a la perfección, tan bien que jamás me creí capaz de llevarlo a cabo. No me reconocía. Claro que sí, esa era tu naturaleza, solo que descubrirlo te había costado estar al borde de la muerte. Esa fue la mejor versión de mí. De nosotros.
Los bancos de inversiones eran la mejor parte. Era tan fácil convencer a la gente de invertir sus ahorros en nosotros, jurándoles y afirmándoles cuantas veces fuera necesario que con nosotros obtendrían un gran porcentaje de vuelta. Lo mío jamás fueron los bancos, ni las comisiones, por eso me dediqué a la maquinaria. Era mucho más sencilla y, al tener máquinas únicas en el continente, el ingreso era cosa segura.
Después de que aquél hijo de puta me llevó a la quiebra, un viejo conocido salió a mi rescate, salvándose el pellejo en el camino. Me llamó por teléfono:
–Españolete, necesito que me ayudes en unos negocios. Supe lo que te pasó, tengo una propuesta a la que no podrás decir que no.
Obviamente volviste a caer ante la necesidad de poder. Cállate, caímos ambos, que tú jamás te opusiste a lo que hicimos. Desesperado accedí a verlo. Parecía un adicto en abstinencia, no podía pasar un minuto más sin algo que me llevara a la cima. Lo cité en un café después de que me hubiera pedido que nos viéramos en un lugar público para evitar riesgo en sus oficinas. Desde ahí tenías que haber sabido que lo que haríamos sería ilegal. Ilegal o no, necesitaba hacerlo.
Ese día en el café me lo explicó todo, era el plan perfecto para mi venganza. Llevaba cuatro años buscando la manera de vengarme. Lo único que tenía que hacer era convencer a la gente de invertir con nosotros. No importaba quien fuera, siempre y cuando fuera mayor de dieciocho años. Hice firmar a miles de personas. ¿Cómo? Aprovechándome de cómo en este país de mierda idolatran a los españoles. Fue tan sencillo, un par de <<esto ha sido un gran éxito en España>> o <<Estamos seguros que si los españoles que trabajan poco han hecho bastante dinero, usted se hará millonaria con lo que invierta>>, claro, siempre con el acento bien marcado para que no dudaran de mis tierras. Lo acepto, no me siento culpable por todos esos viejos a los que les robamos el dinero de su pensión. O a esas familias a las que les quitamos sus ahorros.
Hasta mi suegra salió cogida por el toro. Pobrecita, pero le advertí que no lo hiciera, hasta que me dijo quién la había convencido de lo contrario.
–Joaquín, no importa que me digas que no. Ya sabes que yo creo en los negocios de la familia. Aparte, mi amiga, si la conoces, creo que es la mamá de un amigo tuyo… Me convenció de que ustedes eran los mejores.
–¿Qué amigo? –le dije mostrando interés.
–No recuerdo bien su nombre… Su mamá se llama Esperanza Orduña, tiene dos hijos, el más pequeño invirtió más de la mitad de su dinero. El convenció a su mamá.
Alberto. El imbécil de Alberto. Pobre de la suegra, pagaría caro.
–Sí, ya se quien es. Vale suegra, ya no le diré que no invierta con nosotros, si tan convencida está yo la acompaño a que firme los papeles.
Aún huelo su perfume por tan fuerte abrazo que me dio. No tienes vergüenza, ¿tenías que meter a la mamá del amor de tu vida? ¡Qué va! Si el amor de tu vida siempre ha sido y siempre será el dinero.
La llevé a firmar, nos abonó quinientos mil pesos.
–¿Tu suegra, en serio? –me dijo Sebastián, incrédulo– ¿No que mantendrías a tu familia alejada de todo esto?
–Será daño colateral. Se lo compensaré con viajes para que vea a su hija y a sus nietos. Hombre, verás que con eso se le olvida.
–Si tú lo dices…
Busqué entre los archivos y así encontré a Alberto. –Me cago en su puta madre…– Solté la carcajada. Anda ya, dilo. Ríe una vez más al recordar la cifra de lo que había invertido. Dile a Sebastián lo que tanta gracia te causa y borra ese gesto de curiosidad.
–Españolete ¿pues qué habéis visto que os ha causado tanta gracia? –dijo Sebastián intentando hablar y sesear como español, claramente fracasando.
–Hombre, ¿que te acuerdas del hijo de puta que me ha estafado? El imbécil ha invertido con nosotros todo lo que me ha robado. No cabe duda que en este mundo todo se regresa.
–¿Esto tiene que ver con tu suegra?
–A ella la ha convencido la madre del imbécil este, si yo la convencía de lo contrario iría a decirles que sacaran su dinero. Y bueno ¿cuándo desaparecemos los fondos? que me urge festejar esta victoria.
–La próxima semana. ¿Sacaste del país a tu familia?
–Salen mañana, al mismo tiempo que la tuya.
Esa fue la mejor versión de ti. De nosotros tal vez. Ese dicho tan mexicano <<el que persevera alcanza>>, me tomó otros cuatro años llegar a ese día. En verdad que esto era lo tuyo. Robarle hasta tu suegra era una parte que nadie había visto de ti. De nosotros, no lo olvides.
Al día siguiente nuestras familias salieron al extranjero, conscientes de lo que haríamos, mejores esposas no pudimos conseguir. No recuerdo si mi amada sabía que su madre saldría jodida. Y la verdad, no te importaba, ni te importó.
La emoción tomó lo mejor de ti. Nunca te habías sentido tan vivo como aquel día en la azotea. Ese día fue la cima de lo que eres ahora. Esa cara rogando compasión te acompañará por el resto de tus días. Podrías considerarlo como el crimen perfecto. El crimen del perfecto novato. De aquel que carece de experiencia para poder prever que le robarán el dinero. Eso… Eso solo se aprende al borde de la muerte. Con la desesperación consumiendo tu vida, exprimiéndola y dejándola seca.
Una semana. Una semana entre tu libertad o la prisión. Una semana… La mejor semana de tu vida. Lo viste retorcerse en el piso, caer ante sus pies convulsionándose por el llanto. Por la desesperación. Dulce. Es cierto lo que dicen: <<la venganza es dulce>>, en efecto, lo es. Lo es y es el sabor más adictivo al que he tenido acceso. Vives en abstinencia desde aquella tarde calurosa en la azotea de tus comodidades gringas. Esa adrenalina que corre por las venas y alimenta de maneras sobrenaturales a los músculos, no se alcanza ni con las drogas más fuertes. Tan dulce la venganza.
–911 ¿Cuál es su emergencia?
–¡Un sujeto en mi azotea quiere aventarse! –dije gritando desesperado.
–Dígame exactamente lo que pasó
–No sé. Escuchamos ruidos en el techo de la casa, nuestro perro ladraba y subí a revisar qué pasaba. Lo encontré cerca de la barda. Fue cuando me vio que se subió a la orilla y jura aventarse.
–¿Cuál es la dirección?
–Belvedere Drive, número 1636.
–Por favor no se acerque al sujeto, en un momento llegarán a brindarle ayuda.
Debo admitir que fue baste astuto, hasta para ti. Lo culpaste de todo. Te quedaste con el dinero y falseaste los documentos, todo estaba a su nombre. Te creía poca cosa, pero ahora veo que somos mucho mejores que aquella persona que hace ocho años estaba al borde de la muerte.
Colgaste el teléfono, te acercaste a Alberto mientras se balanceaba como gato en la barda y lo jalaste del saco. Esta es la mejor parte de la historia, que aunque eras un imbécil, esa siempre será la mejor versión de ambos.
–¡Me robaste, idiota! ¡Nos has robado todo!
–¡Qué va! Si yo no he hecho nada. ¿Puedes decirme qué haces en el techo de mi casa?
–¡No te hagas pendejo Joaquín! Yo sé perfectamente que tú fuiste el que nos robo todo. Le robaste hasta a mi madre.
–No, no he sido yo, has sido tú ¿o qué? ¿no has leído las noticias? <<Gran desfalco financiero: el empresario Alberto Orduña roba a socios y a usuarios.>> o joyas como <<¡Le ha robado hasta su madre! Alberto Orduña acepta a su madre en la empresa de ahorros y la deja sin un centavo.>> Claramente se trata de ti. Y no es la primera vez que lo haces.
–Esto es cosa tuya, lo sé.
–No, todo esto es culpa tuya. Aunque debería agradecerte por convertirme en lo que soy –
Las sirenas de emergencia sonaban cada vez más cerca, tenía poco tiempo–. Bueno qué más da, te diré la verdad. Yo lo hice todo, y cada día desde que se anunció el desfalco y tu nombre salió a la luz, lo he disfrutado como si fuera el último día de mi vida. Sabía que no aguantarías la presión de la quiebra, ni mucho menos la presión de ser perseguido para rendir cuentas. Estaba esperando el momento en que apareciera en los periódicos un encabezado diciendo que te habías suicidado. No pensé que fueras a venir hasta mi casa, me conformaba con saber que no habías podido.
–¡Diré que confesaste! ¡Les diré todo!
–Anda, diles. Esperemos que le crean a un hombre adicto que ha sido investigado por sospecha de fraude más de un par de veces.
Las sirenas de los bomberos, las patrullas y a la ambulancia sonaban ya enfrente de tu casa. Qué gran sabor de boca nos ha dejado eso. Ese momento en que volteaste desesperado a las escaleras y gritaste << ¡Por favor ayúdenlo! ¡No quiero que se aviente y mis hijos lo vean! ¡Por favor! ¡No te conozco, pero por favor no te avientes! ¡No sé que te haya llevado a esto, pero no lo hagas!>> ha sido de los momentos en los que he sentido más éxtasis.
Al final saltó, hizo eso que tú no pudiste hacer aquél día. Se rindió ante la vida y tú quedaste como el amigo con el que trató de buscar refugió pero la vida le fue demasiado. Que momentos… He pensado en volverlo hacer. No, no sería lo mismo. Arruinarías el recuerdo de tan gran evento. Lo sé, pero me hace falta sentirlo de nuevo. No. Siento esa sed por vengarme una vez más. No, ya no será lo mismo, estamos en la cima, disfrútalo tanto como esa sed te permita. Esto ha sido la venganza perfecta. Tan dulce. Sí, lo recuerdo. Lo sé, al final somos lo mismos.
All rights reserved. Annie “Duvs” Duron, 2016



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