El cometa de la vida
- Aug 3, 2017
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Updated: Dec 22, 2023
Aún no logro decir adiós.
Nadie menciona lo difícil que es perder un amigo. Cuando piensas en la muerte, si es que llegas a pensar en ella, vienen a la mente personas mayores o con alguna enfermedad; a veces piensas en niños pequeños que han llegado a caer enfermos o con un padecimiento que les hace imposible crecer. A veces te llegan a mostrar un panorama que establece que después de cierta edad han pasado los peores peligros, las enfermedades graves de la niñez se han quedado atrás y aún no corres riesgos por problemas cardiacos (a no ser por algo genético). Los problemas pueden llegar a ser huesos rotos, unos cuantos moretones y un corazón más de un par de veces remendado. Jamás te preparan para el día en que te marcan avisando que tu mejor amigo ha fallecido.
Sabías que las personas tendían a idealizar a los difuntos, dándole vueltas una y otra vez a sus últimas palabras, a la interacción que tuvieron la última vez que se vieron, esa discusión que esta vez no tuvo solución o un <<olvidemos eso, nunca estaremos de acuerdo. Moving on!>>. No sabes qué sentir, nadie explicó qué se debe hacer en estos casos. Siempre se ha estipulado como se debe sentir uno en cada etapa; cuando eres niño la vida es mágica, todos lugares y todos los objetos pueden ser juguetes. En la adolescencia te dicen que estarás hormonal, algunos días amarás la vida, otros la odiarás, y por momentos soñarás con la prometida libertad: crecer. Cuando eres un adulto joven te dicen que serás un desmadre, el mundo es tuyo y la sociedad te valdrá. Todo parece estar estipulado, como producción en serie que millones de generaciones han aprobado. Estoy de acuerdo que no todos somos iguales, pero sí pasamos, aunque sea una vez, por todas las situaciones estipuladas para cada etapa.
Al entrar en cada una tienes una ligera idea de cómo es que pasará la nueva montaña rusa de emociones. Siguen olvidando el detalle de cómo lidiar con la muerte. Ese sentimiento, un tanto indescriptible, contiene de todo pero, al mismo tiempo, no lo es todo; sientes vacío, confusión, tristeza, y enojo, liderado por el adormecimiento temporal de los sentidos. No sabes como comportarte, entiendes poco, quieres saberlo todo pero, no estás seguro de poder manejar lo que eso conlleva.
Inhalas.
Uno.
Dos.
Tres.
Exhalas.
Respiras así hasta que estacionas el coche detrás de la eterna fila para el valet parking en la funeraria. Siempre habías navegado cómodamente en los silencios, ahora tu mente no te deja de fastidiar, tienes que decir algo, los demás lo notan y te siguen la corriente, nadie te reclama nada. Desde tu asiento alcanzas a ver a todos tus amigos de la prepa, haces recuento de nombres y apodos, preguntas por aquellos que has olvidado y cuentas los años que han pasado. Los tomaste a todos por sentado, pensaste que siempre estarían allí. Pasaron cinco años desde que hablaste con todos ellos más de un <<¿Cómo están? ¡Sí, claro! ¡Tenemos que vernos más seguido!>> Se te fue el tiempo y ahora te lo restriega un funesto evento.
Respira, todo estará bien. Lo repites una y otra vez, como un mantra. Te prometes no llorar horriblemente mientras sujetas con fuerza la correa de tu bolsa. Entregas las llaves, recibes el boleto, pagas por adelantado, evitas contacto visual pero sabes que tus amigos te observan. Tu mejor amiga va a tu lado, te da un apretón en el brazo y avanza junto a ti. Ambas saludan a dos grandes amigos, uno de los cuales dejaste en el olvido de los cinco años que han pasado.
Sientes la presión en el pecho, saludas a la mayoría, son demasiados y cada uno carga con una especie de activación en tu mente que despierta recuerdos, risas, enojos y sobre todo los cinco años que los dejaste de ver. Los saludos incluyen preguntas como "¿Cómo estás?" con respuestas monótonas "Pues... ¿qué te digo?", al mismo tiempo se incluyen frases como "¡Me da mucho gusto verte! Claro, no en estas circunstancias". Físicamente no han cambiado mucho, a todos los reconoces fácilmente, sientes esa familiaridad sobrecogedora de ver gente que conociste por un largo tiempo; sin embargo, hay una barrera presente: todos esos años.
Somos distintos, puede que con muchos, después de todo lo que ha cambiado, ya no tengas nada en común, los une la muerte de un amigo muy querido, el amigo que prácticamente los unió a todos en ese entonces.
Quizá suene a que contamos con muchos años, solo tenemos 23, y ese cuerpo que yace en aquella caja glorificada en el centro de la habitación apenas contaba con 22 años, recién cumplidos.
Te unes al grupo de tus amigos que pasarán a la habitación a mostrar respeto y dar el pésame a los familiares. Solo conocías a uno de sus dos hermanos, sabías todo de las vidas del resto de la familia, jamás habías tenido la oportunidad de poner rostro a las descripciones e historias, los conocías perfecto, asumías que ellos no sabían nada de ti. El único hermano que conocías no te había reconocido cuando fuiste a decirle cuánto lo sentías sin decir << lo siento mucho>>. ¿Cómo puedo decirle que lo siento mucho, si en estos momentos no logro sentir nada? Intento decírselo, con todas mis fuerzas obligo a mi boca decirlo pero terminan saliendo otras palabras en lugar de un simple <<lo siento>>. En mi mente lo repito una y otra vez. Veo a varias personas llorar, unos se abrazan y gritan lamentando la pérdida de uno de los nuestros, sin darme cuenta un amigo me extiende un pañuelo, mis mejillas están húmedas y no me había dado cuenta.
Me salgo de la habitación, estoy segura que todo es una broma, siento que mi amigo va a salir, me abrazará y confesará que todo había sido un juego. Sujeto fuerte mi celular esperando que un mensaje suyo ilumine mi pantalla. Esto no puede estar pasando. Otra de mis amigas llega con su hermano, ella me abraza y lloro. No nos decimos nada, lloro en sus brazos recargadas de una pared en el pasillo, sé que la gente me ve pero al mismo tiempo no me prestan atención. Me compongo rápidamente y cambiamos el tema, hablamos sobre la novia loca de mi amigo. Sí, el de la caja glorificada. Contesto sin pensar mucho en las respuestas, aún no siento mucho. No sé qué tan bien esté esto.
Me vuelvo a unir a esas personas que marcaron una parte de mi vida, son las tres de la mañana y reímos con los recuerdos. Una que otra persona ha intentado callarnos en vano, alguien del grupo les informa de nuestro amigo y nos dejan ser, nos dejan recordar y tristear entre nosotros. Sonreímos amargamente y sé que entre nosotros nos entendemos, sabemos la sensación inexplicable que invade nuestros cuerpos. Queremos beber con él, jugar cartas y reír descontroladamente, alguien nos corrige a un <<beberemos en su nombre>>. En su nombre. Contamos historias y seguimos diciendo que hace cosas, nos cuesta abandonar el presente y convertirlo en pasado, tropezamos una y otra vez entre "era" y "es", tratamos de ignorarlo pero está presente. Nos observa sin estar ahí, los últimos momentos que pasamos con él o las últimas palabras que nos dijimos nos invaden, y cada uno intenta hundir los demonios que esos momentos traen.
Nos despedimos, prometiendo una vez más que no dejaríamos que esto pasara nuevamente, prometemos una y otra vez no dejar que la muerte de uno de nosotros fuera la excusa que nos trajera de vuelta. Una promesa más que se irá a la basura. Con eso en mente entrego el boleto y sin pensar mucho manejo con dos amigas de regreso a casa. Se han quedado a pasar la noche, nadie sabe cómo actuar, tratamos de hablar como si nada hubiera pasado pero se siente extraño. Nos rendimos y me voy a mi habitación.
En mi cama, con la luz apagada, recuerdo cuando lo conocí en mi primer día de la prepa... El corcho en mi pared está cubierto con dibujos que él me regaló. Me abrazo fuerte a mi almohada y pongo una serie en la televisión para dejar de pensar y poder dormir. Me conceden tres horas.
Hoy reinan la tristeza y la confusión. No sé qué decir. Platicamos sin sentido, desperdiciando tiempo (lo que él ya no tiene) esperando ir a la misa que se dará en su nombre. Irónicamente, él se declaraba ateo y ahora atenderíamos una misa por él. Volvemos a encontrar a su hermano, nos indica la capilla y nos sentamos en un lugar donde no llamemos mucho la atención.
Sabía que las misas de cuerpo presente eran desgastantes. Una vez más, nadie nos preparó para este momento. La tristeza en el lugar era más de lo que podía manejar, ya no hablaban de él en presente, todo estaba en el pasado, en lo ayeres. Mi mejor amigo me había abandonado. Lloré como nunca. En silencio la lágrimas recorrían mi cara. Compartía el dolor. Frente a nosotros, en esa caja estaba mi alma gemela, mi otra mitad espiritual pero jamás física. La persona con la que compartí millones de momentos. Era el momento de decir adiós y aún no estaba lista, nos lo quitaron y no podía dejar de pensar en los últimos meses.
Me acerqué a aquella caja y con los nudillos golpeé suavemente dos veces despidiéndome de mi amigo. Me alejé tan rápido como pude, salí a que me diera un poco de aire. Era demasiado. Ya no estaba. No había manera de regresarlo. Los momentos incómodos incrementaron, nos despedimos del hermano y de las personas que juré volvería a ver. Regresamos a mi casa y después de un rato me quedé completamente sola. Lloré. Lloré a más no poder en un sillón de mi sala, recordé todos los momentos, todas las conversaciones y abrazos que compartimos en aquella habitación. Pensé en todos las promesas que habíamos hecho en esa habitación. En todas las palabras que se quedaron en el aire y ahora viven en mi mente. En todas las promesas que ahora se quedarán sin cumplir.
Esa pelea y sus intentos de arreglarnos me persiguen, seguíamos sin hablarnos cuando tuvo el accidente. Todos tenían conversaciones guardadas con él, mientras que yo había borrado el historial en mi enojo. Siempre le dije cuanto lo quería, el último mensaje que me mandó era él diciendo cuánto me extrañaba y me quería, sé que intentaba nos habláramos nuevamente y yo lo había ignorado. Mi mejor amigo falleció y no fui capaz de contestarle aquel mensaje. Ahora lloro su recuerdo.
Mi familia, al segundo día de verme llorar insiste que debo dejarlo ir, que él no me querría llorando. El problema con esa frase es que él ya no está para decirme que no debo preocuparme, que todo estará bien o para contarme unos chistes bastante malos para alegrarme. Debo seguir con mi vida como si mi mejor amigo no hubiera muerto hacía un par de días.
Mi abuela va a visitarme, me abraza un par de minutos mientras lloro y termina con el abrazo usando un mágico <<Anda, sécate esas lágrimas que la vida sigue>>. Podría decir que nadie lo entiende, que no perdieron un amigo tan jóvenes para saber que padezco de un tipo de tristeza que te hace sentirte perdido y, hasta cierto punto, culpable por tener muchos más minutos de los que él tuvo. ¿Cómo explicas esa sensación sin quedar como egocéntrico? ¿Cómo les explicas que en estos momentos no puedes continuar con todo como si nada hubiera pasado? Que necesitas tiempo... Que no entiendes cómo la vida pudo ser arrebatada de una de las mejores personas que conocías. Todos esperan que continúes con tu vida, sin mencionar mucho los recuerdos de tu amigo a pesar de que casi todos tus recuerdos de la preparatoria y parte de la carrera lo involucran a él. Te preguntan sobre su vida, esperando que te hayas compuesto y no derrames más lágrimas sobre su recuerdo. A la semana te quieren ver como si todo esto hubiera sido una terrible pesadilla y nada más. Qué más quisiera yo.
A decir verdad, así es como todavía se siente, los días pasan mientras esperas un mensaje suyo o que toquen a la puerta y sea él con un ramo de rosas color coral y un par de libros para ti. Vives en el constante recuerdo que cada minuto que pasa es uno más que él no tendrá. Te atormentas al ver que en verdad estás continuando con tu vida y no hay nada que puedas hacer. Te aferras a los recuerdos y te juras que jamás los olvidarás pero sabes que así pasará, solo te quedarás con los mejores y sobre todo, te quedarás con el hecho de haber dejado que tu mejor amigo, tu alma gemela, tu media naranja, muriera sin haberle recordado que lo querías con todo el corazón, que sentías mucho haber olvidado su cumpleaños, el cual había sido cuatro días antes de su muerte.
Quieres visitar sus cenizas y beber en su nombre, sin embargo no lo haces, te quedas en donde estás y le regalas esos minutos del tiempo que te han concedido a ti y no a él y te prometes dedicarle unos cuantos minutos por el resto de lo que te quede a ti para así mantenerlo vivo y concederle un poco de lo que le fue arrebatado.
Recuerdas esos dos golpes que diste a la caja glorificada y sonríes amargamente porque lo único que viene a ti es tu mejor amigo corriendo a ti gritando tu nombre con su famoso grito de guerra. Lo abrazas en tus sueños y sigues haciendo promesas que el tiempo se llevará. Regresas a esa madrugada en la que recordaste los mejores momentos y das gracias porque ese gran ser humano pasó por tu vida y te regaló una parte de la suya. Das gracias por él y comprendes que nadie te avisó del dolor que se siente por la simple esperanza de que jamás tuvieras que vivirlo. Sientes el dolor desgarrador en el pecho, el corazón se te parte y lo anotas en tus heridas de guerra, comprendiendo que ese dolor jamás se irá y que, con el tiempo, probablemente disminuirá. Suspiras. Tendrás que vivir con ese dolor por el resto de tus días.
All rights reserved. Annie "Duvs" Duron. 2020



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