He de estar loco
- Jan 18, 2017
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Updated: Jan 13, 2022
Era una tarde entre semana, no recuerdo el día ni la hora, solo sé que el viento hacía vibrar los vidrios, una y otra vez, desesperado por entrar. Era un clima extraño, a pesar de todo el viento seguía habiendo nubes, pequeños algodones que cubrían el sol por unos segundos. Estaba en el piso 24, pasando el tiempo rellenando fórmulas para completar unos reportes. Las noticias iban y venían como la vecina histérica que creía que el mundo acabaría retumbando entre rayos y pulverizado entre tornados.
Las luces parpadeaban torturándonos, avisando así que pronto nos invadiría la oscuridad. No pude trabajar más. Saqué una libreta de dibujo de mi portafolio junto con unos plumones. Seguí con los dibujos de algunos de los cuentos que me llegó a contar mi papá cuando era pequeño. Un ratón con suéter amarillo, llamado Filemón, y una iguana con lentes y overol, llamada Juana. Los mejores villanos de los cuentos: fueron mis favoritos por años.
Este tipo de tormentas me producían escalofríos: me recordaban aquella tarde donde perdí a mi padre. El clima empeoró y nos obligaron a regresar a casa. Al llegar al departamento la tormenta se había convertido en diluvio, en mí no había un pedazo seco. Mi portafolio tenía manchas más oscuras por el agua, mientras que mi cuaderno quedó completamente arruinado. Me dio coraje, llevaba ya varios meses con ese cuaderno y ahí tenía una parte importante de mi colección de dibujos.
Vacié su contenido sobre la mesa de la cocina mientras Rufo, mi perro, olfateaba todo, buscando qué podría robarse. Dejé las cosas sobre un pedazo de papel en la mesa, esperando que este absorbiera un poco del agua. Caminé al pasillo frente al baño y saqué unas toallas del closet. Entré al baño para cambiarme y justo cuando estaba por cerrar la puerta escuché que algo se encontraba en la cocina. Debe ser Rufo, seguro ya encontró algo para morder, pensé.
Cerré la puerta para cambiarme a un par de pantalones deportivos y una sudadera. Saliendo del baño, mientras secaba mi cabello, volví a escuchar que algo se movía, esta vez en la sala. Al entrar a la sala, vi que Rufo no estaba cerca de donde había escuchado los ruidos.
Ignorando lo que acababa de escuchar me acerqué a la chimenea de gas y la prendí. En ese momento me percaté que mi libro de dibujos estaba abierto boca abajo frente a unos de los sillones. Yo lo había dejado en la mesa de la cocina… Cansado, coloqué frente al calor mi libro, manteniéndolo cerca de la reja de protección para que se secara. No me molesté en revisar el estado de los dibujos. Me levanté y fui a la cocina por algo de comida para mí y para Rufo.
Iba a la mitad de mi sándwich cuando volví a escuchar ruidos. Volteé a mi derecha y vi a Rufo voltear con curiosidad hacia la puerta que daba a la sala, los ruidos continuaron. Bajé el pan y sostuve con firmeza el cuchillo. Sonaba como si una persona estuviera moviendo mi sala para encontrar algo, solo que no parecían ruidos provocados por alguna persona, como si hubiera dejado la televisión prendida en algún canal con caricaturas y el volumen estuviera muy alto.
Nos acercamos a la puerta y Rufo bajo las orejas. Ya no se veía tan curioso, la cola estaba entre sus patas y solo se escuchaban pequeños chillidos salir de su hocico. Al llegar a la sala vimos dos figuras: una de espaldas y otra de perfil. Una traía un suéter amarillo y el otro un tipo de overol y portaba unos lentes de pasta negros.
No es cierto. Me dije en voz alta.
Las dos seres voltearon a verme, asustado fui caminando hacia atrás. No eran animales, pero físicamente se parecían demasiado a los dibujos que había trazado a medio día. Estaba tan confundido que mi mente no podía captar que eran. El del suéter amarillo tenía la piel pálida y el cabellos gris oxidado. El de los lentes y overol estaba al rape y su piel se veía enferma, un tanto verdosa. No se movieron ni un centímetro mientras los observaba, volteé a buscar a Rufo y no lo vi cerca de mí.
Cuando volteé a verlas de nuevo ya solo estaba el ser, un tanto femenino, que se parecía a Juana la iguana. Estaba seguro que estaba perdiendo la cabeza. Mientras buscaba al que faltaba, pude percatarme que mi sala estaba desecha. Entre vidrios rotos, sillones desgarrados y la TV en el piso se encontraba Rufo. Caminé lo más rápido que pude, tratando de no toparme con lo que estoy seguro era Juana la iguana. Al acercarme a Rufo, encontré que parte de su pelaje blanco ahora lucía un rojo vivo y sentí cómo su respiración se alentaba, algo le habían hecho a Rufo. Estaba manchado de sangre, y no estaba seguro si era de él, pero se veía herido.
Golpes en la puerta. Mientras observaba al ser que se encontraba frente a mí, no pude evitar voltear de reojo en dirección a la puerta, solo para encontrarme con quien estaba seguro era Filemón el ratón. Movió la cabeza de un lado a otro y chasqueó. Los golpes en la puerta continuaron.
<<¡Rafael! ¿Te encuentras bien? soy tu vecina y no dejo de escuchar ruidos de este lado del piso. ¿Necesitas ayuda con algo?>> gritó una voz femenina mientras seguía golpeando la puerta, estaba seguro que era mi vecina.
Los dos sujetos no me quitaban la mirada de encima. Sabía que si hacía algo no aprobado por ellos podría terminar muerto. Abrí la boca para gritarle pero Filemón me dio un puñetazo en la cara y otro en el estómago. Un grito escapó de mi y estoy seguro que mi vecina escuchó.
<<¡Rafael! ¡Abre al puerta, Rafael! ¡Llamaré a la policía!>>
Filemón me pateó en el estómago <<Cualquier ruido y esa patada no será lo único que te dé antes de irme>> me dijo encolerizado. Tanto Juana como él voltearon hacía la puerta, tras la que podía escuchar a mi vecina gritar algo a alguien. Los dos salieron por la ventana. No sé cuanto tiempo pasó antes de que escuchara las sirenas de las patrullas y de la ambulancia, que supongo llamó mi vecina. Cuando rompieron mi puerta yo seguía tirado en el suelo de mi sala: a unos metros de lo que estoy seguro era mi perro muerto. Mi mano temblorosa seguía sosteniendo el cuchillo cuando mi vecina y varias personas más se acercaron a verme.
***
–Recuerdo que me hicieron preguntas sobre lo que pasó… – contestó Rafael mientras nervioso jugaba con un pedazo de su playera y observaba el techo.
–Y ¿eso fue exactamente lo que pasó? – mencionó un poco incrédulo el psiquiatra con el que hablaba.
–Les conté todo, pero no me creyeron nada. Me llevaron a la estación de policía, después de ser revisado en la ambulancia. Me pidieron que diera la descripción de los personajes a una persona para que tratara de dibujar lo más parecido a un retrato de esos seres.
–Y ¿qué fue lo que sucedió después de que describiste a tus atacantes?
–Se rieron. Alcancé a ver a un policía que le contaba a su compañero lo que yo había dicho y el resultado de los dibujos. El otro solo rió y dijo: encontramos un poco de mota, no me sorprende después de cómo acabó su padre, era de esperarse. Me tacharon de loco y consiguieron hacerme venir al psiquiatra.
El doctor bajó la libreta en la que anotaba, miró a Rafael por arriba de los lentes con una ceja arqueada, sin creerse lo que este le contaba: –Le prometo que éste es un lugar seguro, por favor cuénteme bien lo que pasó. –insistió el doctor.
Rafael volteó a ver al doctor que se encontraba justo frente a él. Su gesto era de duda, como si estuviera tratando de recordar algo. El doctor siguió haciendo preguntas a Rafael, pero solo obtuvo una respuesta: yo no tuve nada que ver con el ataque.
–Eso fue lo que pasó, Doctor Nibaldo. Yo no tuve nada que ver con el ataque a mi vecina. Fueron Filemón y Juana. Sé que suena imposible, pero ellos atacaron. –Respondió con desesperación. Aunque el gesto del doctor era claro: él tampoco le creía.
–¿Está seguro que nada de esto está relacionado con su padre? –Rafael miró perplejo al doctor. Se podía observar como palidecía al escuchar la pregunta.– ¿No tiene esto algo que ver con cómo terminó la carrera de tu padre? Por qué no me cuentas cómo fue que desapareció.
–Todo sucedió exactamente como hoy con una década de diferencia. La luz iba y venía. Los vidrios vibraban. Mi padre salió a revisar que la caja de fusibles estuviera bien y no se hubiera fundido ninguno. En los instantes que estuvo fuera nos quedamos a oscuras. Algo cayó al piso. El sonido del metal contra el cemento hizo a mi madre bajar corriendo las escaleras, la bata a medio poner, dejando los hombros descubiertos. Me gritó: asumiendo al instante que yo había tirado algo. Escuchamos risas, o algo que se asemejaba mucho. Nos asomamos por la ventana y vimos dos seres. Dos seres como los que me atacaron a mí. Mi madre trato desesperada de abrir la puerta, pero la cerradura no cedía. Cuando logró abrirla, mi padre no estaba.
La respiración de Rafael se volvía pesada, su mirada se perdió en el bosque que se encontraba atrás de la ventana. Las manos le temblaban con cada palabra que decía, mientras los recuerdos de aquella noche regresaban a su mente.
–¿Esa fue la última vez que lo vio? –insistió el doctor al ver la reacción de Rafael.
–No. Apareció un par de meses después. Lo encontré una tarde de regreso del trabajo. –Aun con la mirada perdida, volteó a ver al doctor. Una mirada claramente aterrada. –Me acerqué a él creyendo que la ansiedad y la desesperación me estaban provocando visiones. Mi padre se balanceaba sentado en la orilla de la banqueta. Le toqué un hombro y brincó más alto que un animal asustado. Llamamos a una ambulancia y al oficial con el que trabajaba. No se necesitó saber de medicina para entender que pasaría el resto de sus días en un manicomio. Aunque al final no haya sido así.
–¿Qué le pasó a su padre?
–Desapareció del hospital. Una mañana mi madre fue a visitarlo y no lo encontró. Cuando lo reportó, el hospital no tenía ningún registro de él: como si no hubiera existido. Cuando yo fui a ver que había sucedido, un doctor me detuvo y me entregó un pedazo de papel que leía <<hijo, recuerda: no estás loco.>> Fue lo único que obtuvimos de él.
El doctor se levantó y presionó un botón en su escritorio mientras observaba fijamente a Rafael. Un policía entró al consultorio, deteniéndose junto a él. Detrás entraron los seres que Rafael se juró nunca volvería a ver después de convencerse que en efecto todo había sido producto de tanta mota. Se levantó lentamente del sillón donde se encontraba mientras negaba tembloroso. –No es verdad…– dijo con un susurro.
–Alucinaciones y estado de shock permanente. Vamos a tener que internarlo, anótenlo en el reporte médico. Este pobre muchacho sufre de esquizofrenia. En un estado tan avanzado y complicado que jura que lo ha atacado un par de dibujos y que por eso su vecina lo ha encontrado tembloroso tratando de defenderse con un cuchillo. –El doctor entregó una hoja al policía mientras dos personas con ropa de enfermeros se acercaban a Rafael – Filemón, Juana. Llévenlo al encierro en el último piso… Esta vez que nadie los vea. Tiene talento como su padre y lo necesitamos vivo.
Rafael caminó hacia atrás al ver las caras de quienes lo estaban acorralando. –¡No! ¡No puede estar pasando! ¡No son reales! –gritó Rafael mientras uno de ellos sacaba una jeringa y le inyectaba un tranquilizante.
Lo arrastraron hasta un cuarto en la esquina más escondida del último piso del hospital. Al encerrarlo, le aventaron a un lado su cuaderno de dibujos. En uno de los días en los que se encontraba consciente sin que alguien se haya dado cuenta para administrarle otra dosis, Rafael se percató que seguía ahí, aventado en el piso. Cuando se acercó a recogerlo, una hoja se cayó de él. Buscó las páginas en las que debían de estar los dibujos de Filemón y de Juana, pero sólo encontró: dos hojas blancas con los nombres de los dibujos faltantes y una rota.
Rafael tomó el pedazo de papel y encontró una anotación que, al darle la vuelta mostraba una fotografía de un hombre de unos treinta años con vestimenta de doctor y un niño de unos diez años, que traía puesta una bata blanca demasiado grande para su pequeño tamaño. La anotación de la hoja decía: <<No estás loco. Con amor, Papá>>. Abrió desesperado el cuaderno, revisando cada uno de los dibujos. Algunos se movían dentro de la página, en otras faltaban personajes o partes del dibujo. Ninguna hoja estaba recortada y aún así les faltaban cosas.
Ese día nadie fue a administrarle otra dosis a Rafael. Lo dejaron completamente solo hasta la hora de la cena. Para ese momento, él ya había descubierto que estaba pasando con sus dibujos: estaban desapareciendo. La puerta del cuarto se abrió, revelando al doctor Nibaldo.
–Hola, Rafael. Veo que ya comprendiste qué es lo que puedes hacer.
–No. Están jugando con mi mente. No es posible que un dibujo se vuelva real.– El doctor colocó una silla frente a la cama de Rafael y se sentó. Una sonrisa dibujada en su rostro.
–Para una persona normal quizá, tú puedes hacerlo. Al igual que tu padre. Me asombra que no me hayas reconocido, Rafael. Después de tantos años de trabajar con tu padre, ayudándole a que nadie en ese pueblo se enterara de lo que era capaz. Fue una lástima perderlo. Ahora te tenemos a ti, ya puedo dejar de buscarlo después de tantos años.
–¿Tú lo desapareciste?
–La primera vez que desapareció me pidió ayuda para irse. Quería descubrir lo que podía hacer y necesitaba de mí para lograrlo. Hasta que nos dijo que ya no habría más estudios sobre su caso, que era hora de regresar a casa. Ahí fue cuando lo volvimos loco. Aunque con el tiempo que estuvo desaparecido fácilmente pude haberlo ingresado al hospital.
–¡¿Qué le hiciste a mi padre?!– gritó Rafael desesperado.
–Para eso te tengo a ti. Huyó. Desapareció y no dejo rastro alguno. Solo quedó un estúpido cuaderno muy similar al tuyo. Sé que tú tienes la respuesta para encontrarlo. Es momento de que sepas que no saldrás nunca de aquí.
Después de decirle eso, el doctor Nibaldo salió del cuarto. Indicándole a Filomeno y Juana que estuvieran al pendiente del comportamiento de Rafael. No había salida. Estaba atrapado en el cuarto. Rafael sabía que pasaría sus días ahí de no ser que encontrara a su padre o si no descubría la manera que utilizó para escapar. Los días pasaron, ya no recordaba cuánto tiempo llevaba ahí. Podrían haber sido un par de semanas o ya un par de meses. Filomeno y Juana por diversión lo tranquilizaban y hacían con él lo que les placía. No llegaban a mucho, al final su cerebro era de una caricatura.
–Vamos, Rafael. Despierta– se escuchó una voz. –Usa el cuaderno, de chico lo hacías. Solo recuerda.– Rafael se movió un poco en su cama pero no se levantó. La voz repetía una y otra vez lo mismo. Con la mirada recorrió el cuarto, y a pesar de tenerla un poco nublada por el exceso de droga, vio que no había nadie. –Anda Rafael, solo dibuja.
–N-no lo voy hacer. Déjenme en paz.– dijo apenas con un susurro, girando para ver hacia la pared. La puerta se abrió. Entraron Filomeno y Juana. Lo tomaron de los brazos y lo aventaron al piso.
–Escuchamos algo ¿vas a decirnos con quién hablabas?
–Hablé con ustedes.
–¿Vas a decirnos o vamos a tener que golpearte una vez más para que nos digas con quien hablabas?
–No… No hablé con nadie.
Rafael trató de levantarse pero Filomeno le pateó un brazo y volvió a caer. Juana recorrió el pequeño cuarto, deteniéndose frente a la pared del otro lado de la cama. <<Hay algo aquí.>> Filomeno se acercó a tocar la pared. La textura de la pared ya no era lisa, tenía una parte que se sentía rugosa al tocarla y era un tanto más brillante que el resto.
Cuando Filomeno tocó esa parte de la pared, el pedazo de distinta textura cambió de color. Se alcanzaba a ver cómo una pequeña capa transparente cubría dicha zona. De pronto comenzó a moverse como si fuera de textura líquida. Juana corrió y agarró a Rafael por la espalda, colocando un cuchillo frente a su garganta. <<Esto tiene que ver con su padre. Seguro es ahí a donde huyó.>> Lo que era un pequeño pedazo de pared se extendió hasta el piso, volviéndolo mucho más alto que cualquiera en la habitación. Era de unos dos metros de alto y emanaba de él una luz verde cegadora.
Filomeno salió corriendo del cuarto, dejando solo a Rafael con Juana, quien no le quitaba el cuchillo del cuello. Mientras, lo que parecía ser un portal, continuaba extendiéndose Filomeno regresó seguido por el doctor Nibaldo. Quien asombrado observaba lo que estaba pasando en el cuarto. De la pared salían todo tipo de ruidos: risas, ordenes, animales, gritos. Todo un mundo los esperaba detrás de este portal.
–No hagas nada, Juana. Esto es producto del papá y lo necesitamos vivo.– dijo el doctor un tanto desesperado al ver que se rehén podía ser liberado. –Pásamelo, tú y Filomeno cuiden que nadie nos siga.
Wush. El sonido de una flecha. <<¡AH!>> gritó Rafael. El doctor volteó a ver a sus cómplices buscando al culpable de dispararle a su respuesta. Filomena y Juana estaban tirados en el piso, con el pecho atravesado por una flecha. Rafael se arrastraba hacia la puerta con una herida en el hombro hasta que alguien lo detuvo. Volteó, seguro de que el doctor lo había detenido una vez más. –Papá…
–Vamos, hijo. Vamos a casa. –dijo el padre de Rafael mientras lo levantaba del piso ensangrentado.
–No… Esto no es verdad. Tú estas muerto. Están jugando con mi cabeza otra vez. Ahora sí, he de estar loco –Rafael se agarró la cabeza con ambas manos, recargándose en la pared. –¡Dejen de manipular mi mente! –gritó desesperado cayendo al suelo. –No, hijo. Regresé por ti. –Rafael se sujetó del brazo de su padre y dejó que él lo llevara al mundo caricaturesco de donde había salido y que ahora él llamaría casa.
Un extraño alivio recorrió su cuerpo. Se sentía seguro. Pero también sentía frío y un dolor punzante en el pecho. Su cuerpo perdía fuerzas a pesar de estar recargando prácticamente todo su peso en el hombro de su padre. Buscó con la mirada a su papá. Bajó la mirada, vio la punta de la flecha atravesar su cuerpo y cayó al suelo. Volteó hacía atrás y vio a su padre apuñalar a alguien mientras lo que quedaba del portal se cerraba lentamente.
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