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Un martes por la tarde

  • Jul 11, 2016
  • 4 min read

Updated: Jan 13, 2022

¿No recuerdas? Esa historia me la sé de memoria. Llegaste al andén del tren, estabas impaciente por verla, pasabas tu mano por entre tu cabello y caminabas de un lado a otro. No aguantabas más, sentías que si no la veías una última vez morirías por tanto sentimiento que te habías guardado. Buscaste entre la multitud y hasta por un momento pensaste que la escena final de Amigos con Beneficios no era tan mala idea para un momento como ése. Te sentaste en la banca más cercana, junto a un anciano que traía un ramo de flores. Golpeaste tus piernas con las manos desesperadamente y gritaste “¡Las malditas flores!” El señor que se encontraba a tu lado volteó a verte asustado, te disculpaste por gritar y, con los codos recargados en tus piernas, tallaste tus ojos permaneciendo así hasta que el señor te preguntó qué te había pasado. Soltaste un gran suspiro, no sabías si estabas frustrado o más bien enojado contigo, y ahora el señor quería saber qué te pasaba.


Giraste para verlo y viste su gesto de preocupación por ti: un completo extraño. — ¿En verdad quiere saber? — le preguntaste, mientras el señor asentía y recargaba el ramo de flores en su pierna. Le contaste todo. Absolutamente todo. Le dijiste de esa vez cuando la perseguiste hasta una cafetería para que saliera contigo, recordaste la primera cena que tuvieron y con cada recuerdo narrado pensabas: - Soy un idiota.- Y lo eres, pues estabas en el andén del tren tratando de recuperar algo que tanto nos juraste era el amor de tu vida. La cara del señor permaneció relajada hasta que llegaste a la parte donde explicabas qué chingados estabas haciendo en el andén del tren desesperado y gritando que habías olvidado el mentado ramo de flores. Estabas tan concentrado hablando de tu mujer perfecta y todo lo que había pasado ese martes por la mañana, que no te percataste del cambio en el gesto del señor hasta que terminaste esa historia que también me sé de memoria.


Con esa confundiste al señor cuando trataste de ser poeta y le explicaste con metáforas cómo sus iris caoba te observaban, te consumían como llamas ardientes en una fogata. Trataste de explicarle a ese completo extraño cómo sus caricias aterciopeladas hervían ese líquido que te mantiene con vida. Sentiste que conocías al anciano y juraste podía entender todo lo que cruzaba por tu mente en ese momento. Te quedaste sin palabras por unos momentos y suspiraste tan fuerte que el anciano te entrego sus flores mientras te daba unas palmadas en el hombro.


Recuerdo tan bien esas noches en las que no te despegabas del sillón mientras veías una y otra vez las preciadas fotos de ella: el amor de tu vida. Puedo describirte cada una de las locuras que hiciste por ella y de las tonterías que cometiste simplemente por ella. Había veces en las que no sabíamos si lo que nos contabas era verdad, o solo otro debraye tuyo sobre esa mujer que tan idealizada tenías. Nos obligaste a ir hasta su puerta en una de nuestras salidas para probarnos que dicha mujer existía, que en verdad era de carne y hueso, y no solo un producto de tu imaginación. Fue cuando intentaste entrar a su departamento que te percataste se había ido. Nunca te había visto tan desesperado como esa noche. Claro, hasta que regresaste ese martes por la tarde cuando tu misión de perseguir al amor se había vuelto fallida.


Fueron tantos tus sentimientos que aún recuerdo fuerte y claro ese grito de dolor que diste cuando dudaste de ti mismo, y de si ella había sido real. Estabas tan destrozado que, por ti, fui a dar al departamento de la joya de tu vida. Luché por ti, por eso que describías como tu balance perfecto. Y fue hasta una semana después que entendí tus explicaciones de cómo el fuego ardiente que yacía en ella, era igual al hielo en el que vivías, volviéndolo la inmunidad perfecta.


Suplicaste te ayudara a encontrar qué había pasado con ella. Me imploraste día y noche fuera un gran amigo y te acompañara a buscar esa pequeña luz en la obscuridad de tu locura. Acepté y con eso nos enteramos que partiría en tren el martes por la tarde. Esa mañana decidiste pasearte por el departamento que, te había dicho ya, estaba deshabitado. Algo en ti insistió y me llevaste la contraria, me arrastraste hasta el lugar que había reducido tu vida a simples cenizas. Sin embargo, tu necedad fue recompensada, ella estaba ahí. Corriste a ella después de recuperar el aliento y jamás había escuchado a dos personas discutir tan amargamente después de haberse besado como tú la besaste. Le gritaste y ella te gritó de regreso. Pensé en irme, pero algo decía me necesitarías. Esperé afuera a que te desahogaras y le dijeras todo lo que tanto me habías repetido en tus días de tristeza.


Saliste por la puerta más rápido que un rayo. Corrí tras de ti, mientras furioso mentabas madres y me reclamabas por haberte dejado poner pie en aquél departamento. Desapareciste por el resto del día, volví a saber de ti hasta que llegaste ese martes por la noche con el alma caída. Lo único que me dijiste fue que habías ido por ella, hasta el andén aquél donde conociste a ese extraño. Te desplomaste en el sillón con los ojos rojos, sujetando ese ramo de flores. Me dijiste que corriste tan rápido como te fue posible. Y al pasar tu locura y casi caer a las vías te diste cuenta, te habías topado con el obstáculo entre lo que creías era el amor de tu vida y la vida en sí; la habías confundido con un completo extraño y la vida, así, te obligó a dejarla ir.


All rights reserved. Annie “Duvs” Duron, 2016

 
 
 

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